Ayer ví Adiós, la última película de Paco Cabezas, y cuando salí del cine necesitaba olvidarme de ella rápidamente y evadirme de su negrura. Y es que Adiós es un thriller negrísimo. La oscuridad no te abandona durante toda la película, no te da un respiro. Y el pequeño rayo de luz del final más bien parece una concesión al espectador, que no podría soportar un final sin esperanza (y también para que no se corte las venas al salir del cine 😏). Pero desde luego, tampoco se percibe como un final feliz ¿”Feliz”? Es un concepto demasiado ambicioso en un universo tan oscuro. Adiós, además de un thriller -con secuencias de acción, tiroteos y trama de corrupción policial incluida- es también una tragedia con toques de aroma lorquiano, una historia fatalista sobre la imposibilidad de escapar del destino al que te arrastra el clan familiar y un entorno cruel y hostil del que no se puede salir. Más que el thriller (al que, en mi opinión, le sobra alguna secuencia como la de la incursión policial en el barrio de las 3000 viviendas), me interesa la tragedia y el fatalismo, que están grabados en los rostros de Natalia de Molina y Mario Casas. Te rompen por dentro y casi quieres apartar la mirada porque no soportas su sufrimiento. De Natalia De Molina no me sorprende. Siempre está espléndida. Pero sí de Mario Casas, que destila verdad y está inapelable en su papel. En general, todo el reparto está fantástico. Nada resulta impostado y la intensidad y descarnanamiento de algunas situaciones suponían un riesgo de histrionismo en el que nunca se sucumbe. En definitiva, sí, la recomiendo. Pero, por dios, no la veas en un día chungo o, al menos, al salir métete en vena unos cuantos capítulos de Friends.