Comenzaré esta reseña con una de mis tonterías (después me rebato y todo arreglado): el cine bélico no es lo mío. Desde luego, es una tontá y una simpleza que ya hace mucho tiempo superé gracias a mis amigos cinéfilos. Ellos me hicieron ver (y menos mal, porque si no me hubiera perdido media filmografía mundial) que rechazar géneros, así a lo grande, era una estupidez. Hay buenas y malas películas en todos los géneros, categorías o etiquetas en que se hayan podido clasificar las películas. Incluso puedes contar la misma historia con un western, un melodrama o una película de ciencia ficción, utilizando a tu favor los códigos que el género te brinda. Vencidas pues estas absurdas reticencias mías, me enfrenté ayer a 1917 con ciertos prejuicios. Y es que el publicitado uso de un único plano secuencia (bueno, en realidad dos) me hacía presagiar una película de grandes alardes técnicos y poco alma, a mayor gloria de su director, Sam Mendes, a quien había escuchado un poco “subidito” hablando de su peli. Pues una vez más y afortunadamente me equivoqué.
Me gusta ir sola al cine. Hay pocas sensaciones comparables a la de sentarte tú solita frente a una pantalla de cine y sumergirte en un universo imaginario. Y hay ciertas situaciones que propician que entres en la película, o que la película entre en tí y no haya nada más en el mundo durante un par de horas. Ayer se produjo una de esas situaciones. Sola, en una sala prácticamente vacía, frente a una pantalla gigante y sin nadie delante de mí, parecía que la película fuera a engullirme y así fue. La peli cuenta una historia pequeña. Una arriesgada misión encomendada a dos jovencísimos soldados: una avanzada a través del campo enemigo, para avisar a un destacamento de que no entren en combate, ya que los alemanes les han tendido una trampa. Y, efectivamente, el único plano secuencia no puede estar más justificado: tiene un indudable efecto inmersivo que hace que les acompañes en su viaje; que sientas el miedo; que te agobies en las estrechas trincheras, que te reboces en el fango o que te acongojes caminando sobre cadáveres, sin un respiro. Acabas la misión agotado, como George Mackay (magistral en su interpretación), y con el único deseo de volver a casa y encontrarte con los tuyos. Porque no es una historia épica, no hay héroes, ni glorificación de bandos, ideales o valores. Es sólo una de tantas historias de mierda sin sentido, de terror, desamparo y desolación. O sea, la guerra.